Me levanto a la mañana repleto de imágenes de las compañeras de Chihuahua. Marco Canale

Vuelvo a verlas a ellas y al público ubicarse como se ubicó en el escenario para realizar una acción verdadera: compartir una parte de su vida, a veces, la mayoría, una parte de su dolor. Como si éste fuera – y creo que en parte lo es – parte del origen de todo esto que nos rodea, como si fuera un nudo que tal vez no tenga solución pero sí tiene huellas, costras que se fueron tejiendo en nuestra historia y que fuimos enterrando como cuerpos adentro nuestro. Yo nunca había pensado en nuestra relación con el desnudo y con el hecho socializante de que nos vistan, de que lo que llevamos no sea solo una forma de protección – supongo que así comenzaron a vestirnos hace miles de años – sino para no avergonzarnos, para taparnos, para cubrirnos, para no dejar un resquicio a al miedo (y pienso en la moda y en los cuerpos de las mujeres que vemos en los medios, que están destrozados, destazados o lo que se considera perfectos). Y pienso que la pieza es una metáfora bestial sobre nuestros vestidos, sobre todo lo que nos ponemos y nos ponen encima, sobre todo lo que recubre lo que no entendemos. Como si los vestidos que venimos arrastrando desde generaciones no se hubieran podido ir, nunca se hubieran limpiado, y vamos arrastrando jirones de vestidos de nuestros antepasados, de nuestra historia, y ya se han mezclado los vestidos y los huesos. Ayer a la noche pensaba que no hay prácticamente ningún lugar en nuestra sociedad para compartir nuestro dolor, salvo que tengamos dinero para pagar un psicólogo, si nos interesan, o que tengamos fe en la confesión cristiana. Ya ni siquiera, como nos cuenta Cynthia, nos queda el espacio para ir el entierro (y en mi mente sobrevolaba el espectro del poeta y guerrillero Paco Urondo, que también fue enterrado casi en soledad, porque si ibas ahí te podían matar). Y ayer en el teatro se abrió un espacio que no era privado, sino un espacio compartido donde volcar un dolor – una vida – que fue disparado por Perla sentada y por los disparos que suenan en la noche de Chihuahua y el hijo de Cynthia que se mete en su cama y ya no hay espacio para decirle, “todo va a estar bien”, y sigue sobrevolando sobre la imagen del chaleco rojo con el que se suicidó la hermana de Marisa. Mientras tanto se desnudan, y ahora que estoy desnuda, necesito que me vistas con tu ropa mientras sacas para afuera tu historia, tu dolor, tu espectro. Y fueron pasando espectadores y las historias parecían sacadas de un texto escrito, como si estuvieran preparadas, y siento que así, era, porque estaban esperando salir, anidadas adentro de nuestros huesos. Y un chico pidió que apagaran la cámara por miedo, y una joven, la única mujer, se escondió detrás de él en un acto de inconsciente valentía – allá estaba su verdadera desnudez – y entro Fernando y me quebró el corazón y la cabeza, con la historia de su familia y su relación con “eso”, y la violencia en su casa, no ver golpes pero escucharlos y la violencia de la escuela (y vuelvo a pensar en la educación y las colonizaciones). Y un chico dijo no tengo nada que decir, pero en este país o nos morimos de cáncer o nos morimos de un tiro. Y yo pensaba al terminar la función que es la primera vez que veo participar al público sin  caer en lo falso, en algo que no se sostiene o como pasa con el teatro del oprimido, que va en la búsqueda de una solución (y yo dejé de pensar hace tiempo en las soluciones prácticas para las generaciones de huesos que arrastramos dentro). Y ellas seguían quebrando un espacio para compartir, algo que en nuestra sociedad de máscaras no está permitido (y vuelven las impactante imágenes de Luisa y Gabino enmascarados, y los huesos dentro de las palabras que escribieron mientras las bombas caían y van a seguir cayendo sobre los muñecos y que salen de un casco romano). Y los vestidos van creciendo, y lo más increíble, y pienso en el poder del sistema en el que vivimos, es que terminamos amando a nuestros propios vestidos que otros cosieron (también los que nos refugian en el teatro). De ahí vienen las resistencias y las violencias (también los miedos) que se expresaron y que terminaron de conformar un mapa, una metáfora por momentos casi explícita del país, que se va completando con recortes recientes de la prensa, de los más banales a los más terribles. Y es entonces cuando Cinthia y Marisa se abrazan y Perla se desnuda, se quita el maquillaje, y se hace más presente que nunca el acto político de la desnudez. Y el acto político de encontrar lo íntimo y lo compartido, nos devuelve algo de lo que perdimos.

P.d: A veces, no sé por qué, y esto atraviesa las diferentes familias del teatro que conozco -y pienso con horror en las familias del teatro- matamos  nuestra propia memoria. Y pienso en el acto de memoria que fue ver la reposición del trabajo “Lo que duelen son los filos”, y la unión de los muertos de ayer con los muertos de hoy, y con los de los últimos setenta años. Y pienso que la memoria es la contratara del dolor, la parte de vida que nos regalan los que vinieron antes.

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